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La Escuela para Padres

BANNERS ESCUELA DE PADRES2

Es un espacio de apoyo y sostén profesional para enfrentar e identificar las dificultades constitutivas de ser padre y juntos trabajar para orientar y asumir mejor nuestro rol de paternidad responsable. También se constituye un espacio de orientación, información o asesoramiento
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La paternidad y la maternidad no son materia de la Universidad, ni hay un manual de recetas.

Se busca ofrecer ayuda a los padres en su propia experiencia de paternidad, a vivenciar sus vínculos actuales, procesando sus vínculos pasados para rescatar lo positivo y no repetir lo perjudicial, que ha causado dolor y sufrimiento.

Ser padre o madre se constituyen en una realidad cotidiana, en el seno de una sociedad con modos de relacionarse específicos y con los avatares de las influencias de las condiciones materiales de existencia: economía, educación, trabajo, recreación, etc.. Estos reciben influencias de la moral social predominante en la sociedad, lo cual tiene efectos en el modo de crianza y/o de encuentro o desencuentro, por lo cual es necesario fortalecer nuestra ética católica familiar..

ARTÍCULOS DE GRAN PROFUNDIDAD QUE NOS PUEDEN ILUMINAR NUESTRA TAREA

COMO PRIMEROS EDUCADORES

 La nueva generación de padres

¡Goce ahora y pague después!

Cuando el hijo(a) mayor es "un problema"

Si no aman la vida ¡buscarán la muerte!

La fidelidad es cuestión de honorabilidad    

                ¿Qué significa tener éxito en los estudios?

¿Qué está pasando con los adolescentes hoy?

EL ÉXITO NO ES UN DESTINO

Se nos está olvidando vivir

  

 

La nueva generación de padres
Por Angela Marulanda, Autora y Educadora Familiar

Somos las primeras generaciones de padres decididos a no repetir con los hijos los errores de nuestros progenitores. Y en el esfuerzo de abolir los abusos del pasado, somos los más dedicados y comprensivos pero a la vez los más débiles e inseguros que ha dado la historia. Lo grave es que estamos lidiando con unos niños más “igualados”, beligerantes y poderosos que nunca.

Parece que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos de un extremo al otro. Así, somos los últimos hijos regañados por los padres y los primeros padres a quienes los hijos nos regañan; los últimos que le tuvimos miedo a los padres y los primeros que les tememos a los hijos; los últimos que crecimos bajo el mando de los padres y los primeros que vivimos bajo el yugo de los hijos. Y lo que es peor, los últimos que respetamos a nuestros padres, y los primeros que aceptamos que nuestros hijos nos irrespeten.

En la medida que el permisivismo reemplazó al autoritarismo, los términos de las relaciones familiares han cambiado en forma radical, para bien y para mal.  En efecto, antes se consideraba buenos padres a aquellos cuyos hijos se comportaban bien, obedecían sus órdenes y los trataban con el debido respeto; y buenos hijos a los niños  que eran formales y veneraban a sus padres. Pero en la medida en que las fronteras jerárquicas entre adultos y niños se han ido desvaneciendo, hoy los buenos padres son aquellos que logran que sus hijos los amen, aunque poco los respeten.  Y son los hijos quienes ahora esperan respeto de sus padres, entendiendo por tal que les respeten sus ideas, sus gustos, sus apetencias y su forma de actuar y de vivir. Y que además les patrocinen lo que necesitan para tal fin. Como quien dice los roles se invirtieron, y ahora son los papás quienes tienen que complacer a sus hijos para ganárselos, y no a la inversa, como en el pasado.  Esto explica el esfuerzo que hacen hoy tantos papás y mamás por ser los mejores amigos y parecerles “chéveres" a sus hijos.

Se ha dicho que los extremos se tocan. Y si el autoritarismo del pasado llenó a los hijos de temor hacia sus padres, la debilidad del presente los llena de miedo y menosprecio al vernos tan débiles y perdidos como ellos.  Los hijos necesitan percibir que durante la niñez estamos a la cabeza de sus vidas como líderes capaces de sujetarlos cuando no se pueden contener y de guiarlos mientras no saben para dónde van.

Si bien el autoritarismo aplasta, el permisivismo ahoga. Sólo una actitud firme y respetuosa les permitirá confiar en nuestra idoneidad para gobernar sus vidas mientras sean menores, porque vamos adelante liderándolos y no atrás cargándolos, rendidos a su voluntad. Es así como evitaremos que las nuevas generaciones se ahoguen en el descontrol y hastío en el que se está hundiendo una sociedad que parece ir a la deriva, sin parámetros ni destino.

¡Goce ahora y pague después!
Por Angela Marulanda, Autora y Educadora Familiar

A diferencia del pasado cuando primero se pagaban las cosas y luego se disfrutaba de ellas, hoy vivimos bajo la misma filosofía del sistema de crédito: gozando ahora y pagando luego. Lo que a veces se nos olvida es que tarde o temprano hay que pagar… ¡y con intereses!

Hasta medidos del siglo que terminó, en la infancia teníamos que hacernos merecedores de cualquier cosa antes de lograr que nos la dieran. Como a nuestros papás no les interesaba vernos felices sino prepararnos para la vida, nos exigían mucho y nos daban poco. Es decir, en la niñez nos hacían pagar con esfuerzo y méritos todo lo que queríamos, gracias a lo cual desarrollamos la capacidad de esforzarnos por obtener lo que soñábamos y la dicha de valorar lo poco que recibíamos.

Sin embargo, hoy día a los niños se les da todo lo que pidan, y lo que no también, para mantenerlos felices. Así, tan llena como su agenda de actividades es en la actualidad su lista de posesiones y privilegios. Por ejemplo, los niños ahora tienen reloj (que nosotros recibimos como regalo de Primera Comunión) antes de que siquiera reconozcan los números; cama doble y teléfono propio (que nosotros tuvimos cuando nos casamos) desde los 10 o 12 años. Y desde los 6 o 7 años tienen “novio(a)”, ven novelas y películas para mayores, van a fiestas bailables con discjockey y tienen televisión, equipo de sonido, video, DVD, Play Station, I-pod, y hasta computadora personal (mejores que los nuestros) en su propia habitación.

Yo me pregunto ¿qué pueden ambicionar estos niños? ¿Con qué ánimo se van a esforzar por aprender, por capacitarse para ganarse la vida si siempre han obtenido todo sin ningún trabajo? Si lo que queremos es darles lo mejor, ¿será que darles todo lo habido y por haber es en realidad “lo mejor” para ellos?

Lo grave es que en esta forma no sólo están gozando poco en la niñez sino que pagarán caro en la adultez porque al tener tanto no están aprendiendo a lidiar con la frustración ni postergar la gratificación, no aprecian ni agradecen lo mucho que reciben, y no estarán capacitados ni dispuestos a luchar por lo que sueñan, todo lo cual es indispensable para lograr tener una vida plena y feliz.

El incremento en las tasas de depresión, de suicidio y de conductas autodestructivas entre los niños y los jóvenes, también puede ser un indicativo de que hoy muchos niños son infelices, no por que les falte algo, sino porque tienen demasiado. Parece que al vivir en términos de gozar ahora y pagar luego les estamos brindando la felicidad inmediata pero garantizando la infelicidad futura.

Cuando el hijo(a) mayor es "un problema"
Por Angela Marulanda, Autora y Educadora Familiar

La condición de ser la hija o hijo mayor de la familia tiene grandes implicaciones en su vida.  Por ser el primero en convertirnos en padres, alrededor de ellos se tejen toda suerte de ilusiones.  Es el centro de atención de la familia y sus logros, por mínimos que sean, se celebran como grandes hazañas;  además, su ventaja cronológica sobre los hermanos hace que durante la infancia sea el que lleve la delantera en todo.

Pero los mayores no sólo tienen ventajas.  El primer hijo es quien asume toda la inexperiencia y ansiedad de los padres, y en quien se forjan mayores expectativas.  El hecho de ser el que primero camina, habla, lee, etc., hace que esté siempre a la cabeza, por lo que es fácil que concluya que su valor personal depende de su capacidad de mantenerse en el primer lugar.  Y por eso mismo, sus fracasos también son mucho más dolorosos.

El mayor es también blanco de sentimientos ambivalentes de parte de sus hermanos, quienes lo admiran y quieren ser cómo él, mientras que envidian sus privilegios y resienten la preponderancia que tiene en la familia.

Todo esto alimenta en el primogénito una inmensa necesidad de sobresalir en todo. Lo grave es que su supremacía sólo está garantizada, en el mejor de los casos, durante su infancia.  Si por cualquier razón o dificultad del primogénito, su hermano menor lo sobrepasa, la imagen de superioridad sobre la cual se forja su identidad se derrumba y con ella su razón de ser.  Así, el mayor no sólo tiene que lidiar con la frustración de pasar a un segundo lugar, sino con el dolor de verse superado por quien siempre fue inferior a él y la vergüenza de no estar a la altura de las expectativas de sus padres.

Esta situación tiene un efecto devastador en la imagen y estima que el primogénito tiene de sí mismo.  Su propia decepción sumada a los reproches y evidente desilusión de sus padres, suelen sumir al hijo en un estado de tristeza y amargura, a menudo se convierte en un hijo malhumorado, grosero, desafiante o agresivo, y pasa a ser el gran problema de la familia. Como los  padres no entienden las verdaderas causas de lo que le ocurre al primogénito desplazado, lo culpan de perezoso, desaplicado o irresponsable, mientras que señalan las cualidades y triunfos del hermano que lo superó.

Es muy fácil querer a un hijo cuando triunfa, pero el amor de los padres se pone a prueba precisamente cuando fallan.  Un hijo mayor relegado a un segundo lugar no se recupera a base de críticas y sermones.  No es posible llenar su corazón de recriminaciones y esperar que surjan de éste el valor y entusiasmo que necesita.  Alentarlo significa mostrarle lo mejor, no lo peor de él.

Restituir la confianza del hijo en sí mismo es una labor difícil, que nos exige luchar a su lado, valorarlo y demostrarle que lo amamos y confiamos en él, cualesquiera que sean sus debilidades o fortalezas.  Nuestra función como padres es sostenerlos en las buenas y en las malas, en el dolor y en la alegría, cuando prosperan y cuando fallan. Sólo en la medida que los hijos perciban que los amamos a pesar de sus fallas y que nuestro amor por ellos no es un premio por lo que hagan o logren, podrán recuperar la fe en sí mismos e ir cultivando su propio ser. Y es así como lograremos que sobresalga todo lo bueno y lo bello que también tienen para mostrarnos.

Si no aman la vida ¡buscarán la muerte!
Por Angela Marulanda, Autora y Educadora Familiar

El suicidio de un pequeño de 8 años ante sus compañeros de colegio ocurrido hace unos pocos meses, no sólo es una tragedia para sus familiares y amigos. Es también una estremecedora noticia para todos los padres porque nos enfrenta con la terrible realidad de que niños, con todo para vivir felices, pueden llegar a sentirse tan desdichados que opten por matarse

Ante un hecho tan desgarrador la pregunta es ¿qué puede llevar a un niño a buscar la muerte cuando debería amar la vida? No hay respuestas sencillas para un hecho tan complejo. Pero si es evidente que hoy hay muchas circunstancias que propician que los menores no quieran vivir. Mientras los niños se sigan connaturalizando con la muerte como resultado de la violencia y destrucción que a toda hora les muestran los medios de comunicación, concluirán  que quitarse la vida es sólo una opción para evadir problemas; mientras que la industria de la entretención se siga lucrando a base de producir juegos que diviertan a los niños a base de destruir, robar y matar, la muerte será para ellos sólo un pasatiempo más; y mientras que para los padres lo más importante siga siendo trabajar día y noche para darle a sus hijos todas las oportunidades a precio de no darles la más fundamental que es crecer a la luz de su afecto y dedicación personal, seguiremos viendo cada vez más niños agobiados por sentimientos de soledad, tristeza y desesperanza que los pueden llevar a optar por acabar con su vida.

La culpa de que esto ocurra no es de los padres, ni tampoco de los amigos o los colegios. Es de toda una sociedad que con su silencio otorga.  Una sociedad, - de la que todos somos parte - que con la anuencia de la mayoría y para el lucro de unos cuantos,  anima a que los menores se entretengan con la violencia, a que jueguen con la muerte, a que se distraigan con la pornografía y a que se alimenten con historias que glorifican la vileza de algunos seres humanos, no puede esperar que los niños crezcan llenos de entusiasmo y deseos de vivir.

"Los lugares más ardientes del infierno están reservados para aquellos que, en tiempos de gran crisis moral, mantienen su neutralidad." dijo Dante Alighieri. Y allá nos está llevando nuestro silencio. ¿Acaso hemos impedido en forma efectiva que a nuestras casas sigan entrando, a través de los medios, depravados, locos o asesinos, que aterrorizan a los niños? ¿O hemos hecho algo contra quienes los animan a entretenerse con la depravación y los pervierten para ganar dinero? ¿O hemos contraatacado a quienes en nombre de la libertad de expresión presentan toda suerte de atrocidades, y lo único que condenan es que se les reproche por ello? ¿O hemos boicoteado a los patrocinadores de aquellas novelas dirigidas a los menores de edad que se presentan en el horario infantil y que son una apología a la villanía, la banalidad y la vulgaridad?

La indiferencia con que hemos ido permitiendo que el mundo de los niños se transforme para ellos en un horror ya nos está condenando al infierno que significa el dolor por los trágicos suicidios juveniles e infantiles que presenciamos cada vez con más frecuencia. Urge que nos comprometamos a proteger el amor de los niños por la vida o seguiremos comprometidos con su muerte!

La fidelidad es cuestión de honorabilidad
Por Angela Marulanda, Autora y Educadora Familiar

Parece que gracias a los valores hedonistas que propaga la cultura consumista –individualismo, gratificación instantánea, placer constante– la infidelidad dejó de ser una falta grave para convertirse en algo así como un delicioso “affair” o debilidad. Como resultado, las relaciones sexuales han sido reducidas a un exquisito mecanismo para vivir pasiones intensamente agradables que no tienen nada que ver con el amor ni con el compromiso conyugal.  Y como consecuencia, el adulterio es hoy más frecuente que nunca.

Sin embargo, la infidelidad no es un simple accidente ni un “desliz” sin importancia, sino un golpe que puede ser fatal para la relación de pareja. Es un acto de deslealtad, no sólo con nuestro cónyuge, sino con nuestro compromiso con la vida, con nosotros mismos y con nuestras creencias e ideales. En efecto, es ser infieles al sueño de formar un hogar estable a la luz de cuya armonía se cultive la vida de nuestros hijos; a nuestra lucha por no dejarnos dominar de nuestros instintos y apetitos; al principio de no hacer a nadie lo que no queremos que nos hagan a nosotros; y a la promesa que sellamos un día de formar una familia unida por el afecto y la honestidad.

Ser fieles es mucho más que abstenerse de tener relaciones sexuales extramaritales o que seguir casados hasta la muerte. La fidelidad es una postura que honra la palabra que empeñamos cuando asumimos el compromiso de unirnos y amarnos para siempre. Es dedicarnos a construir día a día una unión sólida y auténtica entre nosotros que supere las dificultades provocadas por los vaivenes de nuestros sentimientos. Es trabajar por ser cada vez mejores personas y dar a nuestro cónyuge lo mejor de que somos capaces. Es apostar a crear todo lo que nos una y a evitar todo lo que pueda dividirnos.

Jugar con la infidelidad no sólo es jugar con la estabilidad de nuestra familia sino también, en cierta medida, con el porvenir afectivo de nuestros hijos. Nuestro matrimonio es el texto de aprendizaje para su vida conyugal. Saber que uno de nosotros engaña al otro los hace perder la confianza en la honestidad de nuestros sentimientos y quebranta su credibilidad en la solidez de las relaciones maritales. Ellos se dan perfecta cuenta de lo que ocurre entre sus padres y será difícil que  puedan forjar un matrimonio basado en el respeto y la honestidad si lo que han aprendido es que el engaño y la traición son parte de la vida conyugal.

Recordemos que la fidelidad es, en última instancia, una forma poderosa de honrar la más exquisita y maravillosa forma de encuentro entre dos seres humanos y por ende, la relación más trascendental de nuestra vida: el matrimonio.

¿Qué significa tener éxito en los estudios?
Por ÁNGELA MARULANDA, Autora y Educadora Familiar

Es muy satisfactorio ver que los hijos triunfan en sus estudios. Por eso muchos de nuestros esfuerzos como padres están encaminados a lograrlo. Sin embargo, si bien es maravilloso que los hijos se destaquen académicamente, es peligroso caer en el error de que el reconocimiento público de sus éxitos se convierta en el objetivo primordial de lo que hacemos.

Pero más peligroso aún es que los padres vivamos sus victorias como una credencial de nuestra idoneidad como tales o como una forma de sobresalir a través de sus logros. Y en esta forma nos sea difícil distinguir si lo que ambicionamos es para beneficio de nuestros hijos o para beneficio de nuestros egos.

La educación académica de los hijos parece que no ha escapado a la influencia de la búsqueda desaforada de la fama que caracteriza una cultura centrada en el éxito como valor supremo (entendido en términos de destacarse más que los demás). El "exitismo" ha dado lugar a que el objetivo de todo lo que se haga sea para ocupar un lugar sobresaliente o lograr la glorificación de nuestro nombre. Así, no es raro que ahora se le dé más importancia al status académico y social de los colegios que a la formación de sus alumnos, y que las calificaciones nos sirvan ante todo para comparar la posición que nuestros hijos ocupan respecto a sus compañeros.

Sin embargo, hoy día los hijos ya no se destacarán por lo que sepan ni por lo que ganen, sino por lo que hagan con lo que saben y tienen. Nuestros hijos tendrán más éxito en su vida si nos proponemos a despertar en ellos el entusiasmo por saber para servir, y si los animamos a dejar de ser receptores pasivos de información o espectadores indiferentes de los problemas para convertirse en protagonistas de los cambios que tanto necesitamos.

Lo importante será entonces ofrecerles una educación que los humanice y libere porque les ofrezca nuevos ojos para descubrir el mundo y nuevas armas para construir una existencia plena, ayudándolos a ver todo lo que con sus conocimientos pueden realizar. En esta forma se favorecerá la formación de hombres y mujeres más capaces de desarrollar su potencial para contribuir activamente a la construcción de un mundo mejor.

El éxito no es un destino, es un camino. Lograremos más si nos centramos en alcanzar él éxito como padres en lugar del de nuestros hijos como estudiantes. Triunfamos como tales cuando respetamos la dignidad de nuestros hijos y los animamos a desarrollar sus talentos y alcanzar sus sueños a pesar de que no coincidan con los nuestros; cuando conseguimos que su vida se rija por el deseo de ser mejores personas y no por el ansia de obtener más honores; cuando tienen claro que su victoria no depende del alcance de su fama ni de el monto de sus bienes, sino de la magnitud de sus aportes. Y cuando nos dedicamos a cultivar en ellos las virtudes que enriquecen su vida porque se ocupan de contribuir en lugar de preocuparse ante todo por sobresalir.

¿Qué está pasando con los adolescentes hoy?
Por ANGELA MARULANDA, Autora y Educadora Familiar

La adolescencia es una etapa llena de sueños y ambiciones, a la vez que de angustia y temores tanto para los hijos como para sus padres. Y lo es más en la actualidad porque los niños crecen en un mundo que se caracteriza por cambios radicales y vertiginosos. Ellos ya no viven en un medio urbano rodeados de parientes y amigos sino en el ciberespacio, es decir sin límites y a merced de una cultura sobresaturada de sexo y violencia. Ya sus familias no son uniones estables regidas por tradiciones y normas inflexibles, sino familias emocionales que los individuos construyen y vuelven a construir libremente cuando se les da la gana y como se les viene en gana. Ya la vida sexual no es un tema tabú y pecaminoso reservado para el matrimonio sino una forma de expresarse y divertirse que poco tiene que ver con el amor. Ya sus padres no son figuras superiores que imponen su parecer y exigen reverencia, sino individuos que quieren ser sus "amigos" y hacen lo posible por ganárselos para poder controlarlos.

Así, los jóvenes hoy no sólo son más listos y poderosos que las generaciones anteriores, sino que además son muy distintos: más auténticos, creativos, persuasivos, más amantes de la naturaleza y tolerantes de las diferencias. Pero también son más irreverentes, poderosos y beligerantes, y se sienten más solos y perdidos que nunca. Por ello, urge dejar de temerle a la adolescencia para comenzar a entenderla de una manera distinta a como se ha venido haciendo. Con sus comportamientos, a menudo insólitos, los adolescentes nos están diciendo todo lo que necesitamos saber sobre ellos y también sobre nosotros. Por ejemplo, me pregunto si ¿la forma como los jóvenes se involucran sexualmente unos con otros sin ningún compromiso no será una evidencia de la trivialidad con que los medios les están hablando y los adultos estamos asumiendo la sexualidad? La manera en que crece su admiración por las celebridades y decrece su respeto por nosotros ¿no será el resultado de vernos tan perdidos como ellos cuando lo que esperan de nosotros es madurez y seguridad? El descontrol con que consumen trago o drogas para divertirse y escapar de sus angustias ¿no será producto de vernos abusar del alcohol para olvidarnos de las nuestras? O si la forma como las niñas se están obsesionando con su cuerpo, y poniendo en riesgo su salud, ¿no será un reflejo de nuestra exagerado interés por tener una figura perfecta?

A pesar de que los adolescentes tienen hoy una visión muy distinta del mundo que hace que su interpretación de la vida sea muy diferente a la nuestra, ellos no quieren ser nuestros enemigos y nos necesitan más que nunca. Urge que los padres seamos figuras dignas de emular para los hijos porque sabemos a ciencia cierta qué necesitan ellos de nosotros para crecer sanos, porque podemos hablarles con credibilidad sobre los asuntos que los agobian. (efectos de las drogas, complejidades de la sexualidad, sentido que tiene su vida) y porque somos una autoridad, no que los domina, sino que los guía porque tenemos la madurez, la sabiduría y la supremacía moral para hacerlo.

EL ÉXITO NO ES UN DESTINO
Por Angela Marulanda, Autora y Educadora

Pocas cosas son tan satisfactorias en la vida como ver que los hijos triunfan. Y es posible que por ello, muchos de nuestros esfuerzos como padres están encaminados a lograr que ellos tengan éxito en todo lo que se proponen. Sin embargo, si bien es maravilloso que los hijos se destaquen y se les reconozca como los mejores, es muy peligroso caer en el error de que el reconocimiento público que su triunfo les conlleva se convierta en la meta de todo lo que se proponen.

Pero más peligroso es aún que los padres vivamos sus triunfos como una credencial que ratifica nuestra idoneidad como tales o como una forma de lograr a través de ellos el éxito que no pudimos lograr nosotros a su momento.

En la sociedad competitiva actual la fama dada por los triunfos se ha convertido en un valor supremo y la vida gira en torno a lograrla. Pero en el proceso hemos olvidado que lo importante no es qué tanto se destaquen nuestros hijos sino el precio que se paga por ello. Estaremos sacrificado la paz del hogar cambiándola por la tensión que genera vivir llenos de actividades y agobiados por la ambición de sobresalir? Habremos perdido nuestro rumbo y precipitado a los hijos por el camino errado cegados por el afán de verlos ocupar un primer lugar?

El éxito no es un destino, es un camino. Triunfamos como padres cuando respetamos la dignidad de nuestros hijos y los aceptamos como son a pesar de que no sean lo que soñamos; cuando logramos que su vida se rija por el deseo de ser mejores personas y no por el ansia de obtener más honores; cuando les inculcamos que lo que les garantizará un lugar prominente en la sociedad no serán sus triunfos personales sino lo que mucho que logren aportar al bienestar de sus semejantes; cuando tienen claro que su éxito no depende del alcance de su fama ni de el monto de sus bienes, sino de la cuantía de sus contribuciones

Se nos está olvidando vivir
Por ANGELA MARULANDA, Autora y Educadora Familiar

A pesar de que vivimos en la era del jet, el celular, el microondas, los cajeros automáticos, la Internet, etc., es decir, rodeados de miles de innovaciones para ahorrar tiempo, pocas son las personas que no andan a la carrera y agobiadas porque no les alcanza el tiempo para nada. Parece que estar constantemente de prisa se convirtió en un "modus vivendi", a tal punto que muchas personas se sienten culpables cuando se toman unos minutos para descansar aunque estén exhaustas.

Pero, qué nos ha llevado a montarnos en esta especie de avión ultra sónico en el que todos viajamos incómodos pero nadie se puede bajar? Nos ha llevado el inmediatismo al que nos han acostumbrado las soluciones instantáneas que nos ofrece la publicidad y las historias del cine o la TV; la creencia de que "el tiempo es oro" que nos ha convencido de que cada minuto del día debe ser productivo ; el cultivo del ego que nos anima a trabajar más para poseer más y aparentar más; la idea de que tener mucho equivale a ser más felices que pregona la cultura consumista y nos empuja a producir y gastar sin descansar.

Lo cruel es que en esta loca carrera finalmente logramos estirar el tiempo para hacerlo todo menos vivir, si por vivir entendemos compartir, reír, pasear, conversar, jugar, gozar o soñar.

El impacto que esta forma de vida tiene en la familia es funesto. Al andar a la carrera vivimos como "volando por instrumentos", es decir, concentrados en todo lo urgente por hacer, pero desconectados de lo que somos y sentimos. Y al no estar conectados con nuestros sentimientos es imposible establecer sólidos vínculos afectivos con nuestros seres queridos. Así, nuestras relaciones familiares se limitan a contactos superficiales, carentes de calidez, que por su trivialidad se desbaratan con cualquier tormenta.

El tiempo no puede seguir siendo nuestro enemigo. Lo necesitamos para formar la familia que soñamos tener. Hace falta tiempo para establecer lazos profundos con nuestro cónyuge porque éstos se tejen en los momentos compartidos sin más propósito que estar juntos; tiempo para ganarnos la confianza de nuestros hijos porque saben que sí estaremos a su lado cuando nos necesiten; tiempo para cultivar una buena comunicación porque estamos allí para que nos cuenten sus pesares cuando desean compartirlos; tiempo para formar su conciencia porque estamos tan presentes que nuestro proceder les muestra qué está bien y qué está mal; tiempo para alimentarles una fe sólida porque pueden ver cómo confiamos en Dios y así ellos también confiar en sus designios.

Vivir a la vida a la carrera atropella las relaciones. La impaciencia, producto del afán por ganarle la carrera al reloj, impide que tratemos a nuestros hijos con el afecto que merecen. Hacer muchas cosas alimenta el ego pero deja morir de hambre el corazón. Llena la agenda pero destrozan la familia.

Si el tiempo es oro no lo desperdiciemos haciendo muchas cosas para comprar el amor de nuestra familia, el cual obtendremos gratis si dedicamos más tiempo a disfrutar de los hijos y ocupar el primer lugar en su corazón

EL ÉXITO NO ES UN DESTINO